Primicias24.com- Entre 4.000 y 5.000 senegaleses intentan sortear en Argentina las dificultades económicas que repercuten en todo el país y que con especial dureza se siente en las calles donde casi todos ellos intentan sobrevivir de la venta ambulante prohibida por las autoridades, explicaron a una agencia rusa varios integrantes de este colectivo.
«Antes estábamos mejor porque no teníamos muchos problemas para vender, pero ahora la situación del país está mal, así que para nosotros está peor», razonó en diálogo con una agencia de noticias un joven llamado Mike.
La plaza de Once, en el centro de la capital argentina, es uno de los puntos neurálgicos que frecuentan los vendedores callejeros cuando las fuerzas de seguridad no peinan la zona.
Mike y otros dos jóvenes senegaleses cruzaron agitados la plaza mientras atisbaban sobre su hombro si estaban siendo seguidos.
Con toda su mercancía envuelta en un paño, los tres jóvenes apoyaron sus respectivos bultos en el banco de una esquina mientras oteaban el horizonte urbano.
Todos ellos encajan en el perfil predominante del senegalés emigrante que comenzó a dirigirse a este país sudamericano a partir de los años 90 para intentar procurarse una mejor calidad de vida.
A este país suelen llegar hombres jóvenes que se vieron expulsados por la desigualdad social imperante en Senegal pese al crecimiento económico anual superior al seis por ciento del que presume el presidente de esa nación del África Occidental, Macky Sall, en el poder desde 2012.
Mike, reacio en un principio a conversar, finalmente explicó que estaban atentos a la aparición de la policía de la que habían huido instantes antes.
«Todo el tiempo la policía no nos deja trabajar, siempre estamos corriendo, nos tratan mal, nos sacan cosas, a veces nos golpean, ‘negro de mierda, vete a tu país’, nos dicen», describió.
Oriundo de la provincia senegalesa de Louga (noroeste), Mike llegó a Buenos Aires hace una década, cuando acababa de cumplir 25 años.
En la actualidad paga 3.000 pesos (68 dólares) por alquilar una habitación en el barrio de Flores (oeste de la ciudad); su compañero Malick, que abandonó Dakar para trasladarse a Argentina, relató que paga 6.000 pesos (137 dólares) por otra habitación en el barrio de Once.
«Tenemos que comer y pagar el alquiler, pero a veces no llegas, en días como hoy que no ganamos nada y en los que nos dedicamos a correr por la policía, que no quiere que nadie venda nada en la calle para proteger a los comerciantes», relató Mike mientras su compañero asentía.
La Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina (ARSA) es la principal organización de referencia que tiene esta comunidad al llegar a Buenos Aires.
La entidad «a veces ayuda, pero no en la calle, así que no hay otra manera, no tenemos quién responda por nosotros, sí o sí tenemos que trabajar en la calle», admitió Mike antes de despedirse presuroso para retomar la venta de relojes, carteras y pulseras.
Diengo también suele trabajar en Once, donde a última hora de una jornada hábil miles de transeúntes caminan hacia la estación terminal de trenes que se asoma a la plaza o aguardan en las paradas de autobuses que pasan por una de las zonas más concurridas de la ciudad.
El joven asintió al ser consultado por la ARSA, que hasta 2016 dirigió Ndathie «Moustafá» Sene, quien en la actualidad «trabaja en Migraciones para ayudar en los trámites de los muchachos, aunque en la calle casi no se mete».
Agencias
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