Primicias24.com- Brasil alberga el cementerio de esclavos más grande del continente americano, fue descubierto en Río de Janeiro bajo los cimientos de una casa en un humilde barrio de la ciudad.
En 1996 cuando la familia de Mercedes Guimarães se disponía a remodelar su hogar en la localidad de Gamboa, los albañiles dieron con el hallazgo; se trataba de los restos mortales de miles de africanos esclavizados, aún sepultados.
Se estiman que sean los huesos, fracturados, quemados y amontonados, de unos 40.000 cadáveres de africanos cautivos, que llegaron al puerto de Río de Janeiro, el principal destino esclavista de toda América durante los siglos XVII al XIX.

En el lugar se levanta en la actualidad un memorial gestionado principalmente por voluntarios para honrar la memoria de los esclavos. También existe un museo arqueológico e histórico, una biblioteca con salas de clase colindantes para talleres e investigaciones, así como un centro cultural, todo gestionado por forma de autofinanciamiento.
Para Mercedes Guimarães, quien también es la directora del memorial, se ha puesto cuesta arriba la manutención del sitio, ya que desde el año 2016, cuando recibía un aporte del Estado por unos 85.000 reales mensuales, la financiación se cortó de manera súbita.

“Yo podría parar de luchar por este lugar y plantar mis árboles frutales aquí en medio, pero ¿acaso cualquier persona con un mínimo de consciencia viviría tranquila sabiendo que pisa sobre más de 40.000 personas muertas, desconocidas y olvidadas porque son negros?”, comenta al respecto.
Ella agrega que su familia gastó todos sus ahorros, y que han pasado innumerables penurias para mantener de pie al “Instituto de Petros Novos” (IPN), como denominan al museo que levantó en el lugar.
“Lo que más me duele es la desatención del Estado. El Ministerio me cuestionó recientemente si quería cerrar el IPN, le dije que no quería cerrar pero que no teníamos recursos ni para pagar las facturas de la luz y su única propuesta fue ayudarnos a escribir un proyecto para captar algún dinero de fondos de cultura”, señaló.
En 2005, compró las dos casas en ruinas contiguas para hacer un garaje, allí aparecieron más restos mortales, por lo que nunca entró un coche en el lugar porque a partir de este momento la familia, con la ayuda de algunos voluntarios, tomaron la iniciativa y transformaron el lugar en lo que hoy es el IPN.


