Gabriela Mistral, la poetisa más grande de América, es recordada a 63 años de su muerte

Primicias24.com- Considerada como una de las escritoras más grandes de Hispanoamérica, la poetisa y pedagogo chilena Gabriela Mistral murió el 10 de enero de 1957 en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos.

Nació en el seno de una familia de origen humilde, en la localidad de Vicuña, Chile, el 07 de abril de 1889, con el nombre de Lucila Godoy. Su padre fue maestro de escuela al igual que su media hermana, de quienes siguió sus pasos y pasó gran parte de vida enseñando a diferentes planteles de su país natal.

Para 1906 conoció a Romelio Ureta, trabajador del ferrocarril de la región; narran los historiadores que Ureta contrajo una deuda con la empresa de trenes para ayudar a un amigo en apuros. Pero nunca pudo devolver el dinero, así que se suicidó en 1909.

Mistral tuvo éxito con sus “Sonetos de la muerte” en el concurso “florales” de 1914, escrito que publicó con su seudónimo honor a sus dos poetas favoritos, el italiano Gabriele D’Annunzio y el occitano Frédéric Mistral. Ese poema que se relacionó con el acto suicida de Ureta, corrió el rumor de que ambos tuvieron un gran amor.

El primer libro que leyó fue la biblia, el cual la marcó durante toda su vida y del que se inspiró para construir muchos de sus poemas. Salió de Chile en 1922 rumbo a México, en calidad de asesora educativa. En ese año publica su primer poema: Desolación.

Allí comenzó a tomar renombre como escritora, tiempo en el que publica Lectura para mujeres en 1924, en esa fecha viaja por casi todas las capitales de Europa, cumpliendo labores diplomáticas para su país.

Representó a su país en la Liga de las naciones y desempeñó tareas culturales en España, Portugal e Italia. En 1938 publicó Tala, una de sus obras cumbre, de las que cedió los derechos de autor a niños víctimas de la guerra civil española.

En 1945 ganó el Premio Nobel de Literatura, siendo la única mujer de lengua española que lo tiene hasta la fecha. En 1951 se le concedió el Premio Nacional de Literatura en su país natal.

Tras una larga lucha contra un cáncer de páncreas, Gabriela Mistral fallece a los 67 años el 10 de enero de 1957, en el Hospital General de Hempstead, en Nueva York.

Sus restos recibieron el homenaje del pueblo chileno, declarándose tres días de duelo oficial. Los restos de Gabriela Mistral llegaron a Chile el 19 de enero de 1957 y se velaron en la Universidad de Chile, donde 400 niñas del Liceo Nº 6, del que Gabriela fue su primera directora, hicieron guardia de honor.

Recibió sepultura en Montegrande y se le rindió homenaje en todo el Continente y en la mayoría de los países del mundo.

 

Poema “Desolación” fechado en 1922

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde 

me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.

La tierra a la que vine no tiene primavera:

tiene su noche larga que cual madre me esconde.

 

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos

y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.

Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,

miro morir intensos ocasos dolorosos.

 

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido

si más lejos que ella solo fueron los muertos?

¡Tan solo ellos contemplan un mar callado y yerto

crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

 

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto

vienen de tierras donde no están los que son míos;

y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos,

sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

 

Y la interrogación que sube a mi garganta

al mirarlos pasar, me desciende, vencida:

hablan extrañas lenguas y no la conmovida

lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.

 

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;

miro crecer la niebla como el agonizante,

y por no enloquecer no encuentro los instantes,

porque la «noche larga» ahora tan solo empieza.

 

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,

que vine para ver los paisajes mortales.

La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;

¡siempre será su altura bajando de los cielos!

 

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada

de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;

siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,

descenderá a cubrirme, terrible y extasiada”.

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